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Alvaro Sotillo: La relación vívida y comprometida con el fotolibro

Análisis de los contenidos y experimentación gráfica forman parte del proceso de diseño de fotolibros, aplicados por nuestro maestro del diseño editorial.

Serie “Diseño de Fotolibros”. Parte 4

Alvaro Sotillo ha convertido el diseño editorial en un acto que une la investigación y la creatividad hasta alcanzar resultados excepcionales. Numerosos premios internacionales lo han reconocido, además de ubicarlo en el mapa de los mejores diseñadores del mundo.

En palabras de la investigadora Lourdes Blanco, Sotillo ha destacado por la “invención y rigor”, que lo ha conducido a crear “libros insólitos, funcionales y bellos”.

Entre su lista de obras se halla el género del fotolibro, donde ha dictado cátedra de diseño, tras sumergirse en las profundas aguas del proceso creativo. El primer fotolibro fue el catálogo Autocopias, para la exposición de Claudio Perna en el Museo de Bellas Artes, donde Sotillo trabajó entre 1969 y 1976, -período que considera de aprendizaje-, pues ingresó a la entidad cultural dirigida por Miguel Arroyo como asistente de su maestro, Gerd Leufert.

En 1986 se materializaría Retromundo, publicación que ha trascendido en exótica gema de colección por la feliz conjugación de las imágenes captadas por el lente de Paolo Gasparini y el texto de Victoria De Stefano en un llamativo formato creado por Alvaro Sotillo con la colaboración de Carlos Rodríguez para el Grupo editor Alter Ego, una iniciativa de breve existencia llevada adelante por Miguel Arroyo, Gerd Leufert y el propio Sotillo.

En las próximas líneas, reproducimos las respuestas de Alvaro Sotillo a nuestras preguntas sobre su trayectoria como diseñador de fotolibros.

Portada de Retromundo.
Experimentalismo gráfico

En su experiencia diseñando fotolibros, ¿Qué diferencia un fotolibro de un libro de texto? ¿Cuál es la esencia del fotolibro?

“En mis años de formación en el Museo de Bellas Artes de Caracas, tuve la oportunidad de apoyar iniciativas artísticas de jóvenes de mi generación; mi proximidad con ellos me permitió la libertad necesaria para proponer publicaciones desde un experimentalismo gráfico más allá del simple registro documental. Creo que estas publicaciones fueron vistas por Miguel Arroyo y Gerd Leufert como extensiones y complementaciones de estas muestras, por ejemplo: Claudio Perna. Autocopias, 1975.” (Tomado de SUR. Revista de fotolibros latinoamericanos, Número 1, 2018).

En Autocopias utilicé un retrato de Claudio Perna fragmentado en una secuencia reproducida en la temporalidad del libro. Aquí mi interés fundamental era exaltar la innovación de Perna al convertir una máquina Xerox reproductora de documentos, en una cámara fotográfica. De esta manera, el propósito conceptual de la publicación sobrepasaba su función como registro histórico de una exposición.

Profundo análisis de los contenidos

¿Cómo suele ser su proceso creativo para desarrollar un fotolibro? ¿Cumple alguna metodología de trabajo que considere importante destacar? ¿Cuál ha sido su experiencia con los fotógrafos al diseñar los fotolibros en cuanto a conceptualización, la sencuencialidad de las imágenes y la producción en imprenta

El método que hemos tratado de implementar con cada nueva tarea, consiste en un profundo análisis de los contenidos, para poder formalizarlos. El producto de este análisis guía nuestro trabajo y exige un alto grado de involucramiento con cada contenido.

Creo que más allá de nuestra propia “patología” y de los principios estéticos con los cuales hemos sido formados en el oficio, más allá de la bruma estética que produce el “estado de la tradición” —por cierto, todas condiciones difíciles de superar—, me propongo partir de cero con cada tarea. La solución pertinente, la que nos puede garantizar la conexión con el autor, surge más del análisis y del correcto uso de las codificaciones que nos afectan a todos, y menos de los impulsos automáticos y de las preconcepciones. Pienso, quizás, que este método nos protege del excesivo profesionalismo, de la imitación y del simulacro.

Dicho esto, no recuerdo particularmente ningún fotolibro de los que me ha tocado diseñar que no haya sido el resultado de una relación vívida, comprometida con sus autores, que se extiende y nos involucra como responsables de su materialización. Quizás iría un poco más lejos al recordar el estremecimiento que causaron en mí ciertos contenidos que acompañaron todo el proceso de diseño de las publicaciones respectivas: Los astros secretos en 1982; Retromundo en 1986; El llano en 1986, y especialmente El Mal, 2017. (Tomado de SUR. Revista de fotolibros latinoamericanos, Número 1, 2018).

Reconocimiento de condiciones técnicas

La visión purista del fotolibro lo define como un tipo de edición en la que el protagonismo lo tiene la imagen, tendiendo a narrar a través de fotografías, siendo el texto un elemento secundario o complementario ¿Coincide con esta visión o considera que puede ir mucho más allá de la preponderancia visual?

“Quizás el diseñador gráfico sea el más entrenado para lograr la fusión entre diferentes formas de lenguajes, para conseguir su complementación y potenciar los conceptos y las ideas de sus autores. Con este propósito es clave tener presente, sobre todo si estamos hablando de diseño, que los textos son imágenes, que la forma del texto provoca emociones tan complejas como las que suscitan las imágenes mismas. Las fotografías activan una función ancestral, que es la del reconocimiento figurativo, mientras que la textualidad es el lenguaje sintetizado, codificado y abstracto. El encuentro entre ambas realidades cognitivas puede producir en el lector una nueva experiencia totalizadora. Finalmente, el diseñador está entrenado para reconocer las condiciones técnicas que hacen posible la producción del impreso. Las fotografías, los textos, formas y colores también son, en los libros, materialidad. La materialidad transmite ideas y emociones”. (Tomado de SUR. Revista de fotolibros latinoamericanos, Número 1, 2018).

Vista interna del fotolibro Caracas.

En el video sobre Caracas, señala que ese fotolibro destacó por su «experimentalismo técnico» ¿En qué consistió?

El libro Caracas, con fotografías de Gorka Dorronsoro y texto de José Ignacio Cabrujas fue encargado al editor Carsten Todtmann por la Fundación Polar en 1988.

En el proceso de diseño, fui recibiendo las imágenes del fotógrafo Dorronsoro, quien iba fotografiando el paisaje urbano y sus habitantes, utilizando distintas cámaras fotográficas de diversos formatos.

Como explico en un pequeño texto redactado para el historiador de la fotografía Horacio Fernández, autor de El Fotolibro Latinoamericano sobre el proceso de diseño de este libro: “Caracas fue concebido gráficamente como un gran paseo mental por la ciudad. La idea era, entonces, que el lector pudiera hacer un verdadero recorrido por ella. Grandes bloques de imágenes ensambladas sin intervalos entre sí y de tamaños contrastantes crean perspectivas y dramatizan los movimientos de esta extraña y caótica, pero hermosa urbe que es Caracas”.

Esta manera de ensamblar grupos de fotografías suprimiendo el intervalo entre ellas significaba un gran riesgo en Venezuela para el año de su producción debido a la complejidad técnica que requería y de la que yo estaba consciente. Pero insistí en este desafío técnico para poder lograr una imagen «líquida» de la ciudad. El impresor Ernesto Armitano, propietario de Gráficas Armitano C.A., quien tenía la responsabilidad de la materialización del libro, al evaluar la complejidad en el proceso de fotolito nos recomendó visitar a la compañía Pre Press, que recién había adquirido novedosos equipos capaces de producir digitalmente estos ensamblajes y, aunque ellos no los habían realizado antes de esta experiencia, los técnicos Marla Gutt de Hurtado y Carlos García se responsabilizaron de la digitalización y el montaje electrónico de esta publicación.

Este es uno de los fotolibros recomendados por Sotillo.
Fotolibros venezolanos para revisar

A su juicio ¿Cuáles han sido los mejores fotolibros producidos y diseñados en Venezuela?
Hacer este juicio me parece muy arriesgado y comprometedor. Yo no he revisado con la misma profundidad todos los fotolibros diseñados y producidos en Venezuela, pero, exceptuando por motivos obvios algunas publicaciones en las que he participado (juicio que le dejo a otras personas), me atrevería a indicar mi interés por las siguientes publicaciones:

  • Bobare. Fotografía y texto: Paolo Gasparini. Cruz del sur (47/48), 1959.

  • Asfalto Infierno. Fotografías y Diseño: Daniel González, Texto: Adriano González León. Impresión: Editora Grafos. El techo de la ballena, 1963.
  • La Candelaria. Alirio Díaz. Fotografías y Diseño: Daniel González, Texto: Jesús Enrique Guédez. Ateneo de Caracas, 1966.
  • Sistema Nervioso. Fotografías: Bárbara Brändli, Textos: Román Chalbaud, Diseño: John Lange. Editorial Arte. Fundación Neumann, 1975.
  • Llano adentro. Fotografías y Diseño: Christian Belpaire, Impresión: Editorial Arte. Editorial Palladium, 1983.

  •  Fotosecuencias: El casabe, La curiara y El tambor. Fotografías: Thea Segall. Textos: Franklin Guerra Cedeño, Roberto Lizarralde. Diseño: Sigfredo Chacón. ExLibris, 1988.

  • Negro soy negro. Fotografías: Christian Belpaire, Diseño: Susan Anderson, Impresión: Editorial Palladium. Biblioteca Nacional de Venezuela, 1984.
  • Accrochage. Chacón, Espinoza, Fuenmayor, Obregón y Wenemoser, Diseño: Sigfredo Chacón. Galería Sotavento, 1991.
  • Karakarakas. Fotografías: Paolo Gasparini, Diseño: Ricardo Báez, Impresión: ExLibris. Mal de Ojo, 2014.

Por la estructura de la pregunta, estoy excluyendo libros concebidos y diseñados en Venezuela, pero materializados en otros países.

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